viernes, 28 de marzo de 2014

EL ADIOS A UN INSIGNE ACADÉMICO

En el colegio, rodeado de amigos que corren de allá para acá jugando con frenesí en el recreo, hay profesores que nos enseñan que el ciclo de la vida es nacer, crecer, reproducirse y morir.  En ese momento las tiernas mentes no caen en cuenta de la dimensión de esa verdad. No sabemos qué tan cerca está la muerte de la vida, de nuestra vida, y que ésta es solo una cara de la misma moneda. Tamaña ignorancia permanece sublime con nosotros hasta que un día la más dura de todas las maestras nos hace sus pupilos y nos da cátedra llevándose a alguien que queremos o apreciamos. Hoy falleció uno de los últimos grandes maestros de la Universidad San Marcos. Un investigador, un académico, un amigo. Miguel Maticorena Estrada ya no está con nosotros y no hay nada qué hacer al respecto, solo hacer saber a familiares y gente cercana cómo este hombre tocó nuestras vidas. La pena irá por dentro como resulta natural y con el pasar del tiempo menguará. La pena es efímera, pero el legado del Profesor Maticorena perdurará en el corazón de sus estudiantes y debe perdurar en el corazón de San Marcos, madre nutricia a la cual amó. Mucho escribió, varias horas invertidas entre documentos y archivos; diversas cavilaciones se hicieron hipótesis, artículos y libros. ¡San Marcos! El Emérito te entregó lo mejor de sí para tu honra y gloria, guárdale espacio en tu memoria al DOCTOR entre investigadores, Profesor Miguel Maticorena Estrada (1926 - 2014).


viernes, 14 de marzo de 2014

La Paisana Jacinta y los cojudos


Salvando las distancias, el vagabundo "Charlot" de Chaplin nunca progresó. Dormía en las calles, estafaba, robaba y hasta fue a parar a la cárcel. En otro momento le tiró una patada a un agente de migraciones. Eso es delito en los Estados Unidos. El Chavo del 8 tiene momentos donde exhibe una ignorancia extrema, a pesar de ir al colegio. Vive en una vecindad, donde pasa días sin comer de no ser por Don Ramón que le invitaba desayuno a veces. Este otro personaje despreciaba el trabajo abiertamente, es moroso, estafador y le pegaba a los niños al perder la paciencia. El punto: la Paisana Jacinta es un PERSONAJE que nos enrostra lo peor de nuestra sociedad: el racismo de muchos, el prejuicio de otros, su lamentable estado físico producto de la pobreza de un país que sufrió el terrorismo de grupos de izquierda extremistas y de la gran corrupción de malos políticos. ¿Nos horrorizamos de la apariencia de Jacinta? Pues es tu culpa. Es nuestra culpa. Muchas personas en la mendicidad muestran estas evidencias físicas en sus cuerpos producto de la exclusión del Estado.

Jacinta también tiene fallas que la humanizan: se molesta y arremete violentamente sin tener razón, como sucede a veces, y toma la justicia en sus manos. Lo último es un sentir cada vez más fuerte en un país donde la injusticia e inseguridad campea debido a la delincuencia, aunque sepamos que no debemos tomar la justicia por nosotros mismos. Pero Jacinta se defiende a diestra y siniestra porque nadie la defiende… recordemos que hasta fue rondera de Cajamarca en “El especial del humor” de manera muy solapa.

La Paisana Jacinta critica a los limeños por "no hablar bien" pues ella no entiende sus cojudeces. Ella es gente de campo que vivió las cosas simples de la vida y por escapar de la pobreza (y tal vez violencia) se fue a Lima a buscar fortuna. Ese génesis no sucedió hoy, sino hace 20 años durante una época más complicada que la de ahora. Su quejido "ñañaña" lo sacó Jorge Benavides de una mujer que le pidió dinero quien, disconforme al recibir la propina, le propinó un insulto. Él caricaturizó a alguien real, una vivencia, para luego hacer suyo el personaje.  

Es necesario decir que resulta evidente, o al menos existe mucha casualidad, que la Paisana Jacinta se inspiró en un personaje de la televisión mexicana llamado “el negrito Tomás”. Creado e interpretado por Héctor Suárez para el programa “¿Qué nos pasa?”, el personaje es grotesco en sus rasgos exagerados por las prótesis y su lenguaje corporal es el de un mono. El sketch trataba de una madre que se ganaba la vida lavando ropa. Al llamar a su hijo, dependiendo de la historia desarrollada, éste le hace una adivinanza que suele ser en doble sentido. Es la misma premisa en los sketches iniciales de la Paisana Jacinta en JB Noticias, con la diferencia que esa paisana no arrugaba, no actuaba como simio degradándose, ni era menos que otros. Sí es cierto que su tipo descuidado y desdentado era una caricatura, algo evidente al compararla con la otra impecable “paisana” (Aidé Cáceres) que lavaba ropa a su costado.   

La Paisana Jacinta evolucionó conforme avanzó el programa. Pasó de estar encorvada, quejumbrosa y de cara arrugada, a ser más optimista, ergida hasta sacar panza, jovial y aventada. Ahora exhibe características de todas sus encarnaciones pero no hay duda que el cambio se dio por las críticas negativas hechas al personaje. A pesar de eso, no es secreto que para muchos fans los primeros capítulos de la Paisana Jacinta son los más descarnados... y son los mejores. Me atrevo a asegurar que la gente no se ríe de Jacinta, de esa "chola bruta, infantilizada o subhumana" como algunos críticos desean retratarla. La gente se ríe pues como dice el vals ella "reacciona y se levanta en franca rebeldía que esconde su humilde faz" y le pega a quienes tratan de hacerle daño sin importar que sea un policía, un millonario, un boticario o una pituca fashionista.

En un Perú donde todos se cholean en buena o mala onda, donde se "serranea" como si fuera gran insulto, incluso entre descendientes y naturales de la sierra por ver quién es "más serrano", es el personaje de Benavides quien por buenas o malas -así en su estado chimuelo y mendicante- lucha contra el prejuicioso, midiéndose en ingenio, o a palazos, como a muchos les gustaría hacer cuando la paciencia se acaba. Jacinta es emprendedora, no es deshonesta y hasta da de lo que no tiene. En un episodio ella rechazó la riqueza fácil por defender sus ideales. ¿Por qué no progresa? Preguntan los desubicados. Entiendan: su pobreza es una crítica a nuestra indiferencia y a la del Estado. Si Jacinta deja de ser pobre y de enrostrarnos su mendicidad y hambre, su personaje se acabaría. 

El programa de la Paisana Jacinta es vulgar. Eso es cierto pero NO ES UN PROGRAMA APTO PARA NIÑOS. Aún así no nos hagamos a los santurrones ¿De mocosos no nos hemos escapado para ver Freddy Krueger, Chucky, Alien, Depredador y Terminator? Ni qué hablar de la hiper-violenta película Robocop. ¿Acaso no hemos visto Las Chicas Chin Chin, La Serie Rosa, Las Chicas de la Oficina y Cueros en el canal 13? No hay que ser hipócritas, esos programas NO eran para niños e igual los vimos.

¿No te gusta la Paisana Jacinta? La solución es sencilla: No veas el programa. No seas cojudo, según definición de Sofocleto, seguro encontrarás otros programas como “Esto es guerra”, “Combate” o "Titanes" para darles merecidas críticas porque abiertamente tienen como público objetivo niños y adolescentes... pero antes de más verborrea ¿Sabes qué? La gente elige lo que ve y la educación empieza por casa.      

martes, 14 de mayo de 2013

Y nos vamos al XXII Coloquio de Historia de San Marcos

Una vez más tengo el honor de participar en un evento académico que justamente toca lo que me apasiona investigar, la Decana de América. La historia va un poco así: El Coloquio de la Historia de San Marcos se organiza ininterrumpidamente desde 1992 y su fundador es el eminetísimo historiador Miguel Maticorena Estrada a quien conocí en el 2007 a través de un amigo en común: el historiador Hugo la Rosa.

Años antes de ese episodio me lo habían presentado pero de manera muy fugáz. Me lo crucé en una calle del centro de Lima. La persona con quien yo estaba, y que lo conocía, lo saludó y hablando brevemente hizo las introducciones de cortesía, para luego cada uno partir por su lado. Muchísimo tiempo después y por propia cuenta yo terminaría acercándome a don Miguel. Cosas del destino.

Es debido a mis constantes visitas al antiguo Convictorio de San Carlos -hoy Centro Cultural de San Marcos- por motivos de investigación, que Hugo me facilitó su número de teléfono para que pueda preguntarle sobre bibliografía que pudiera enriquecer mi tesis de licenciatura. Lo mío era el protocolo universitario y las tradiciones sanmarquinas. Para aquél entonces no era un principiante, ya estaba familiarizado con los libros de Daniel Valcárcel y en especial con la monumental obra de Luis Antonio Eguiguren gracias a Ricardo Pinto Bazurco, gran amigo y confidente intelectual, pues ambos compartíamos estas inquietudes históricas. 

Al entablar conversación con el profesor Maticorena noté su alegría de poder hablar sobre tan desusado tema. Después de todo él ama San Marcos por ser hijo de sus aulas y yo, sin ser sanmarquino, por ser "nieto" de las mismas, como todo peruano.  
Cuando llegó el momento para poner a prueba mi tesis, al graduar una pequeña promoción de estudiantes de historia en la Capilla de Loreto usando una actualización del antiguo ceremonial de graduación para bachilleres, el profesor Maticorena entusiástamente participó. Dejó que lo vistiéramos con antiguas insignias y se sentó muy contento en aquellas sillas de cuero, que por ser tan bajas se le veía solamente su cabeza que asomaba sobre la mesa que presidía el aula de grados. Él siempre sencillo y siempre sabio en su asombrosa lucidez.
Un día me invitó a participar en el Coloquio sobre la Historia de Lima en el 2009, que es ya otra historia, y recién en el 2010 "el profe" me invitaría al primer coloquio sobre San Marcos en el que participé... aunque para él sería su décimo noveno. Mi exposición, que compartiré en algún momento en este blog, versaba sobre las “Graduaciones y ceremonias en la Real y Pontificia Universidad de San Marcos: Procesos y simbologías” y aunque estaba algo nervioso salió bastante bien.

No puedo dejar de mencionar que gracias a él pude tener un segundo artículo publicado, contenido en el compilado de exposiciones del XVII Coloquio de la Historia de Lima de la editorial UNMSM, llamado "Vítores y "hieroglificos": celebraciones triunfales en la ciudad de Lima". Con ese artículo me citan en el libro Vítores Universitarios Salmantinos, editado por la Potificia Universidad Católica de Salamanca, al ser aquellos vítores únicos en América.  

Por estas oportunidades brindadas el profesor Maticorena tendrá mi eterno agradecimiento.
Para el XXII Coloquio de Historia de San Marcos, que se realizará del 22 al 23 de mayo en el Instituto Raúl Porras Barrenechea y el 24 en el Centro Cultural de San Marcos, hice un resumen de mi ponencia que reproduzco a continuación y que deseo compartir de antemano. Estaré en la Mesa 2 el 23 a las 18:00 hrs. Nos vemos allá.     
LOS COLORES DE LAS CINCO FACULTADES CLÁSICAS DE SAN MARCOS Y SU SIGNIFICADO RENACENTISTA
Por Juan Carlos Talavera Velezmoro
Resumen.
Al leer autores como Luis Antonio Eguiguren o Daniel Valcárcel, entre las primeras cosas que uno nota sobre la historia de UNMSM son sus antiguas costumbres.  Desde el siglo XVI y prácticamente hasta el XIX, la Real Y Pontificia Universidad tuvo cinco facultades que fueron representadas cada una por un color. El rector Diego de León Pinelo, en su defensa pro-sanmarquina, otorga sobre estos colores un poético significado  que, siglos más tarde, sería evocado como “el más bello simbolismo de los colores académicos que he encontrado” por la investigadora Águeda Rodríguez Cruz (2003). Gracias a las líneas investigativas asentadas por diversos estudiosos, se profundizará en torno al origen de las lápidas de los Generales en las Escuelas Mayores de la Universidad de Salamanca y sobre la autoría de sus rótulos por el rector salmantino Fernán Pérez de Oliva. Todo nos llevará a las posibles raíces renacentistas de un simbolismo que ha trascendido los siglos y decenas de universidades de herencia hispana en Europa, América y Asia.
Palabras clave: lápidas, Fernán Pérez de Oliva, colores académicos, Real y Pontificia Universidad de San Marcos, facultades clásicas.
  
                 

martes, 30 de abril de 2013

PATHOS: LA EXPERIENCIA AJENA Y EL CAMINO POR RECORRER


Sobre el protocolo universitario en el Perú puede decirse mucho, después de todo tenemos universidad desde 1551, pero antes de profundizar en el tema hay que echar luz sobre la tradición estadounidense que viene siendo imitada desde hace algunos años por cientos de graduandos en las diferentes universidades nacionales y privadas. Para comprender lo que sucede acá hay que comprender lo que sucede allá.
Las costumbres en los colleges estadounidenses durante finales del siglo XIX reflejaban aquellas originadas en Oxford y Cambridge, pero las colaciones se daban sin un orden definido ni organización en los tipos de vestimenta. La falta de reglamentación provocaba entre las casas de estudios una heterogeneidad poco conveniente. Fue Gardner Cotrell Leonard quién diseño las vestimentas embellecidas para su promoción en el Williams College de Massachusetts en 1887. Tras el éxito obtenido, Cotrell escribe en 1893 un artículo sobre vestimenta académica para ser luego invitado a una comisión intercolegial que definiría un sistema de vestimenta universitaria. En 1895 la comisión se reunió en la Universidad de Columbia en Nueva York.

Durante el siglo XX el Consejo Americano de Educación, una entidad que actualmente agrupa a 1,800 instituciones de educación superior, revisa el código de vestimenta hasta en tres oportunidades para actualizarlo. La gran mayoría de instituciones educativas libremente optan por regir su protocolo según aquellos lineamientos, salvo algunas universidades -como Harvard- que por tradición o costumbre justifican sus propios modos.
Este proceso significó un redescubrimiento de la identidad universitaria estadounidense. Hay en su generalidad, cambios notorios sobre los modelos que habían heredado del viejo mundo. Para empezar su vestimenta se divide en las siguientes partes:
 

Primer lugar de enseñansa de la Universidad de Columbia,
fundada en 1754 como King's College: Trinity Church School
House, donde hubo apenas 8 estudiantes. 
La toga: A diferencia de los modelos ingleses, que se usan abiertas por delante dejando expuestos el traje de etiqueta que hay abajo, éstas por lo general son para usarse cerradas. El tipo de corte y complejidad de confección forman parte de las sutiles diferencias entre los grados académicos. Las togas de bachilleres son de mangas muy holgadas, las mangas del maestro tienen un corte especial que cierra el puño pero éste continua holgado y cerrado hacia abajo formando una aleta. Las togas doctorales lucen vuelos de terciopelo sobre el pecho y las mangas, que además son cerradas, formando bombachos a la altura de las muñecas.
 
El birrete - skullcap: La tradicional e hipermarketeada gorra de graduación. Mantiene su forma tradicional europea. También llamada mortarboard por la paleta que los albañiles utilizaban para colocar el cemento a la hora de trabajar. Otra versión explica que la gorra es cuadrada pues tiene la forma del campus de Oxford. Finalmente, también se dice que la dura placa simboliza el cimiento sobre el que se edificará el intelecto.
 

Boina: Es la prenda de cabeza que se estila en algunos casos para los grados doctorales en EE.UU., suplantando el skullcap. Se use la boina o skullcap el Consejo Americano de Educación ha normado se reserve en su confección el terciopelo para los doctores.
Ambas gorras llevan pendidas desde el centro una borla colgante. El Consejo Americano de Educación norma que su color deberá de ser negro o en su defecto el color asignado por especialidad académica. Es exclusivo del grado doctoral el color dorado metálico.


 
Graduados de Harvard, promoción de 2001, celebran en el
campus lleno de estandartes. Foto de Justin Ide.
La capucha: Todos las togas estadounidenses son adornadas con una capucha. Esta es un apéndice separado que se pasa sobre la cabeza y cuelga sujeta del cuello hacia la espalda. Según su dimensión, corte y color se identifica el grado académico del portador.
A manera de conclusión se puede y debe aprender de la experiencia ajena para aprovechar el legado propio. En los Estados Unidos las universidades conservan sus tradiciones y la comunidad universitaria se encarga de darles continuidad, sean éstas formales o informales. Hay participación porque está incertada en su cultura. Esto le da vida e identidad a una casa de estudios, alejándola de un ambiente laxo que genera indiferencia entre el estudiantado.

Lo importante que debe recordarse, para la experiencia peruana, es que no basta con hacer desordenadamente cualquier traje o armar ceremonias sin otro criterio que el simple show con ánimo comercial. Prácticamente ninguna ceremonia en EEUU tiene la peculiaridad de subir a quienes se gradúan sobre un escenario, junto a las autoridades que presiden el acto, algo que sí sucede en nuestro país. Con ésto se destruyen las figuras protocolares para favorecer la fotografía y un vedetismo orientado al show. Las tradiciones no solo deben ser respetadas por un tema histórico, sino por que dicen quienes fuimos y quienes somos ahora. Es el sello de nuestra identidad.
 
Actualización de texto publicado el 24-06-2010 en el blog Graduandos por JCTV.


miércoles, 10 de abril de 2013

LOS CLAVELITOS DE MIGUELANXO

Pocas son las veces que la tuna aparece en una novela gráfica o historieta. Para el caso tenemos una pequeña historia llamada “Clavelitos” que forma parte de la obra Quotidiania Delirante del dibujante Miguelanxo Prado, donde critica la realidad vivida por algunos tunos que se quedaron estancados. Ésta es una de las pocas críticas hechas a la tuna que puede considerarse seria. Ignoremos por el momento los argumentos “pseudo progres”, que poco o nada de sustento tienen, ni con lo que es la tuna, ni con su historia.

La tuna es una actividad cultural bastante difundida en diversas universidades, en especial en las de herencia hispana, sean europeas o americanas. En esencia es una costumbre estudiantil, o al menos ese es el sentido inicial. Suele decirse desde hace unas décadas que se es tuno hasta morir. El vínculo con el grupo, considerado como una fraternidad académica, no se diluye a pesar de dejar de ser estudiante. Este sentimiento hace que las tunas tengan miembros permanentes, aunque no necesariamente en actividad. Son las nuevas generaciones quienes se encargan de transmitir las costumbres a quienes les sucederán.

Para muchos siempre hay ocasión para volverse a poner el traje y acompañar a la tuna. Otros colaboran con el grupo dando un aporte musical, logístico o simplemente fraternal. Pero ¿qué pasa cuando abusamos de la tuna?

Hay “tunos” que se dedican a utilizar a la tuna como una herramienta de “trabajo”. A este tipo de personas les gustan los contratos extra oficiales (casi siempre secretos), gestionados por ellos aprovechando el prestigio construido por las tunas que actúan oficialmente. Ahí llevan a “sus amigos”, sea un grupo selecto o“pseudo-elite” de la propia tuna o, en todo caso, le pasan la voz a gente de otras universidades para evitar complicaciones. Todo en función de la propia satisfacción.

Con este actuar se socava la agujereada economía de la tuna que se auto sustenta humildemente como grupo estudiantil. No quede la menor duda: es una competencia desleal. Estas personas compiten sin reparo alguno contra sus propias fraternidades que luchan cada centavo para comprar buenos instrumentos, trajes, comida y transporte con el único ánimo de cumplir con sus objetivos culturales. 

Salir a una noche de bohemia, compartir con los amigos para hacer música, es algo bueno. Antiguos y nuevos se juntan a pasar un momento de recuerdos y risas. Si se obtiene algo durante la aventura enhorabuena. Si no es así lo importante es el momento vivido celebrando la fraternidad. Pero hacer de las artes y costumbres de una tuna objeto de interés particular, siempre en desmedro del bien común es una vileza. Ya se dijo que uno no da lo que no tiene en el corazón.  

También hay caraduras que se presentan en restaurantes pasando la pandereta, que de ser jóvenes y estudiantes podría tolerarse, pues se aprende humildad de una actividad honesta. En lugar de eso sus kilos, calvas y canas–sin mencionar el ego- solo dibujan una parodia triste de quien aspiró a ser ya sea un académico o un buen músico alguna vez. Con esta figura es la que nos confronta Miguelanxo Prado.

Aclaremos, no está mal vivir de la música. Es una profesión honorable como cualquiera, y hasta más por su capacidad de unir culturas. Genios hoy inmortales grabaron sus nombres en la historia con sus obras musicales. Los pueblos transmiten su identidad y sentir a través de la música. Ser músico profesional, o amateur, es una bendición. El problema es que quien quiera hacer de la tuna un trabajo no se hará rico ni hallará fama alguna. Por el contrario, generará miseria material y espiritual, perjudicando una bella costumbre universitaria












jueves, 7 de marzo de 2013

EL MARCO PERDIDO DE LA VIRGEN DE LOZANO



Al entrar al Museo Palacio Arzobispal de Lima me di de cara con la hermosa colección colonial que ahí se muestra. No negaré la majestad arquitectónica del edificio pero ésta no era de mi interés en ese momento. Al ser un apasionado de la historia universitaria los ojos se me iban por los detalles que aportaran algún dato a mi investigación. Después de todo jamás se sabe dónde podría encontrarse pistas. Buscaba personajes, ropas, insignias, firmas, nombres, alegorías y todo tipo de detalles que puedan ilustrarme un poco más. Feliz fue la sorpresa de ver un cuadro inmenso llamado “Asunción y Coronación de la Virgen”. Me fijé en el rótulo descriptivo colocado por el Museo y leí lo siguiente:   
“El año de 1765, fecha en que están firmados los retratos de los condes de Monteblanco, una noticia de la Gaceta de Lima nos informa de la reparación por estas fechas de la fábrica del antiguo noviciado de los jesuitas, llamado de San Antonio Abad, después del terremoto de 1746. Al referirse a la decoración de su templo nos dice: "La Sacristía, aunque es de igual Clase con la Iglesia, y tiene los mejores adornos de lucida Caxonería, dos preciosas, Urnas, y Ornamentos de las mejores Telas; pero se halla más enriquecida de un Lienzo, que ocupa la Pared principal, cuya latitud es de 6 varas y media, y de longitud sube hasta el Azafate de dicha Pieza. En él se figura la sagrada Imagen de María, coronada de la Santísima Trinidad; y por la parte inferior el Patriarca San Joseph, San Antonio Abad y todos los Santos de la ilustre Compañía de Jesús, crecido número de Angeles, en airoso movimiento; cuyas Imágenes, juntas con las primeras, llegan hasta 70: obra, por su distinción, única en el Perú: parto al fin del inimitable Ingenio de Don Christoval Lozano" Años después con la expulsión de los jesuitas, en 1769, se cerró el noviciado de San Antonio Abad, ubicado en el local de la actual Casona de la Universidad de San Marcos, y se creó el Real Convictorio de San Carlos al fundirse en uno solo los colegios mayores de San Martín y Real de San Felipe. Posiblemente por estas fechas en que se redistribuyeron los bienes de los jesuitas es que el referido lienzo pasó a formar parte del templo de San Marcelo. Sin lugar a dudas podemos afirmar que el lienzo de la Asunción y Coronación de la Virgen es el más importante del pincel de Lozano, aparte de ser el de mayor formato entre todos los conocidos de su producción.”    
(El rótulo cita el artículo “CristóbalLozano, paradigma de la pintura limeña del siglo XVIII”, por Ricardo Estabridis Cárdenas.)

Maravillado salí del Palacio Arzobispal y decidí darme una vuelta por el antiguo Convictorio de San Carlos, hoy Centro Cultural de laUNMSM. Al entrar  me saludé gentilmente con el personal de seguridad. Dejé mi identificación aunque la mujer que me atendió me reconocía por verme ahí tantas veces. Igual cumplí con el protocolo.
Subí al departamento de turismo para ubicar a quien que me diera información para contactarme con un querido amigo historiador, pero habían salido a almorzar. No había nadie. Comencé a husmear entre los claustros buscando a alguien que me ayude. Atravesé un corredor y di con un amplio patio en muy mal estado, con desmonte de construcción y algunas carpetas amontonadas a un costado. Las paredes estaban pintadas con murales de muy mala calidad y colorinches que no eran parte del legendario Convictorio, o de cualquier pared si fuera el caso.
Como supuse que yo no debía estar ahí, antes de agotar mi bienvenida, decidí salir. Al volver sobre mis pasos vi recostado en una pared un gigantesco marco de madera. ¿Sería este el mismísimo marco que en el siglo XVIII custodiara el lienzo de Cristóbal Lozano? Debido a sus dimensiones y según lo que acababa de leer en el rótulo comencé a atar cabos pero no había nada seguro. ¿Cómo algo tan antiguo y grande podía estar tirado entre el desmonte, mientras la pintura que resguardó se lucía en su esplendor, ahora en el siglo XXI, en un palacio?


Esto hace más de un año y medio. Creí perdida la foto por mucho tiempo y la rutina del día a día me consumió. Me tragó el torbellino del nuevo milenio y olvidé al coloso guardián de madera.
Hoy volví a encontrar la foto entre mis archivos. La foto estaba extraviada en el laberinto virtual de mi computadora. Lo vi como hace más de un año lo vi en aquel patio de escombros y recordé.
Tomé el teléfono y llamé al Director del Museo de Arte Religioso de la Catedral, quien con gran gentileza escuchó mis palabras. Primero debían confirmar si aquél era el marco del lienzo. A partir de ahí se vería qué hacer. Aún si el marco no correspondiese al lienzo éste sirvió para resgaurdar uno alguna vez. Supongo que el viejo coloso de madera, orgulloso guardián de algo precioso, de tener conciencia pensaría: misión cumplida. Protegió la joya. Tal vez ahora se vuelvan a unir después de tantísimos años.


Por Juan Carlos Talavera Velezmoro 

sábado, 2 de marzo de 2013

Minervas perdidas: entre latas y medallas

Aunque preferiría llamarla “San Carlos” en remembranza del antiguo Convictorio, tal como corrige sobre éste punto el Dr. Ramón Chong-Siu, uno de los responsables de su restauración; caminaba hacia la mal llamada “Casona” de San Marcos por la avenida Abancay, cuando algo captó mi atención. Bajo las vitrinas que exponen los tugurios comerciales que ahí anidan, vi varias medallas y placas con los escudos de diversas universidades limeñas. Me paré ahí para ver con detenimiento las que estaban a simple vista. Muchas no eran buenas, de poco detalle y bastante simplonas. Otras no estaban mal, aunque los diseños de cada medalla variaba, incluso entre las de la misma universidad o facultad. La muchacha que atendía, cansada seguro del calor húmedo de la ciudad y de una avenida que es un avispero de transporte público, me preguntó si me gustaba alguna. 



Dr. Sebastián Lorente con su medalla
doctoral de letras. Museo de Arte UNMSM.
Foto Marco Chirinos
-Sólo miro –respondí para decepción de ella. Quizá en otra oportunidad, aunque de todo corazón espero que no, pensé antes de seguir mi camino.

Lejana queda la época cuando se acostumbraba otorgar al graduando una medalla que le incorporaba en la academia sanmarquina. Hoy se producen masivamente y  se entregan en todo tipo de ceremonias de graduación, al pedido del cliente y personalizadas para la ocasión. La imaginación es el límite. Hasta hay casos en los que no es necesario haber terminado la universidad. Basta tener una graduación de amigos o conocidos pendiente y una autoridad académica generosa, pues aún debiendo cursos el estudiante se “gradúa”. Ni es necesario ser bachiller.
Con esta imagen me vino a la cabeza algo que escuché con anterioridad: si una medalla se entrega sin respeto riguroso a su fin, entonces pierde su valor la distinción, haciendo de ésta una lata cualquiera.
La antigua medalla sanmarquina era elíptica. Grabada sobre sí a manera de un camafeo estaba Minerva, la diosa de la sabiduría. Atrás circundando la medalla se leía: “Universidad Mayor de San Marcos – Lima” así como el nombre de la facultad. Esta imagen es parte de la alegoría greco-romana que ha sido inspiración para la simbología académica desde mucho, pero con marcada trascendencia desde el renacimiento, legado que hoy tenemos de las universidades clásicas. Si en la España del siglo XIX las medallas académicas revestían con Apolo su reverso, en San Marcos era Minerva quien iba al frente mostrando su perfil perfecto. Los religiosos llevarían “la imagen simbólica de la religión”, seguro para diferenciarse debido al rigor de su fe. 



Medalla doctoral de jurisprudencia de fines del siglo XIX
o principios del XX. Colección Talavera.
En el Reglamento General de Instrucción Pública del año 1884 se indica que las medallas debían de ser de plata para bachilleres y de 3 x 2 cm. Para los licenciados serían hechas en el mismo metal con una dimensión de 4 x 3 cm. A los doctores les era reservado el oro, sinónimo del triunfo según tradición académica, y debían medir 4 x 3 cm. La cinta para colgar la medalla alrededor del cuello debía de ser del color de la facultad del graduado.
Desde el siglo XVI las facultades de leyes, cánones, artes, medicina y teología les caracterizo el rojo, verde, azul, amarillo y blanco respectivamente. Pero ésta rica simbología, heredada de una tradición renacentista según creo, fue cambiada hacia la segunda mitad del siglo XIX. El investigador Daniel Valcárcel enseña que luego de tres siglos los colores de las facultades clásicas habían sido cambiados, acusando arbitrariedad pues “sin aducir razón alguna, se dio espaldas a una bien entendida tradición histórica”.    

Apunta el Dr. Valcárcel que el proyecto del Reglamento General de Instrucción Pública de 1875 había sido presentado por José A. Roca, P. Pradier Foderé, Manuel Atanasio Fuentes, J.J. Granda, Casimiro Ulloa y Pedro Paz Soldán y Unánue. Éste fue aprobado el 18 de marzo de 1876 por el Presidente Manuel Pardo y su Ministro Manuel Odriazola, estableciendo que el color para la jurisprudencia sería el verde y para las ciencias políticas el rojo. La teología conservó el blanco, a letras le fue asignado el rosado, a ciencias el azul claro y para medicina el violado. Este orden se mantiene en el Reglamento General de la Universidad de 1929, según el Dr. Valcárcel, con salvedad del cambio de color al morado para la Facultad de Medicina; color que personalmente creo ésta ha heredado al actual Colegio de Médicos del Perú. 


El Estado Peruano regulaba todos esos protocolos y la Casa de la Moneda acuñó las medallas por un tiempo. Si los títulos profesionales y grados académicos se dan a su nombre ¿Cómo hay menor consideración por la insignia que lo representa actualmente? La desaparición de las tradiciones y de la identidad cultural no es algo nuevo en nuestras sociedades. Tampoco es novedad la activa resistencia a este proceso por activistas y promotores culturales. Somos un país que busca ávidamente sus identidades. Somos un país de cara al siglo XXI que hoy está en permanente reconciliación con su pasado y en continua reivindicación de lo que son sus herencias. 

Es cierto que el Estado no puede pretender un monopolio sobre la producción y venta de estas medallas. Sería poco conveniente por no decir anacrónico a las libertades del mercado actuales. Pero creo que sí deberían revalorarse los protocolos que normaban el diseño de esta insignia por parte del Estado. Después de todo, tras años de estudio para quienes la ganamos, esa medallita no es una simple lata.   

Cerca a la esquina con Nicolás de Piérola crucé hacia el antiguo Convictorio, mal llamado Casona, y los nuevos Halicarnasos del Parque Universitario aún aguantaban el sol veranero esperando a los estudiantes.

por Juan Carlos Talavera Velezmoro